Semana I - 25 de julio 2022

 

T-H-T-S

Por Pablo Castro

«Traza una línea, dale un golpe de color al lienzo… y todo se aclarará» (John Katzenbach, El profesor)

Cuatro y veinte de la mañana. La inmensidad del techo blanco se cernía sobre mí mientras el sueño se escapaba de mi cuerpo. Sentía cómo mi respiración se aceleraba y cómo mis ojos quedaban hipnotizados por la blancura de la pintura, la cual contrastaba con la luz de un sutil pero tenue amanecer. Se podía interpretar tanto como un lienzo, atento al trazo del artista para crear en sí un nuevo mundo, o un estado de plenitud, el cual, si se llenase con la misma u otra pintura, podría completarse o corromperse.

Volví a mirar el reloj. Marcaba las cinco y media. Me obligué a levantarme mientras buscaba en mi memoria la rutina que debía llevar a cabo para iniciar el día, el cual no era como cualquier otro, sino el comienzo de una nueva aventura, la premier de la temporada, el estreno del volumen dos del año actual. Era el inicio de un nuevo semestre y yo no me sentía preparado para ello.

Me paré de la cama, ordené mi cuarto, hice ejercicio, me bañé, organicé el baño, hice el desayuno, me atoré comiendo, lavé la loza, hice mi maleta, me cepillé los dientes y salí para la universidad. Recogí a un par de amigos y, mientras hablábamos, no dejaba de pensar en cuánta incertidumbre recorría por cada uno de mis nervios, reflejándose en el temblor de mis músculos.

¿De dónde provenía tanta incertidumbre? ¿Por qué no me sentía física y emocionalmente estable para volver a clases? ¿Sería por el temor a la carga académica? ¿Acaso era porque me encontraba adoleciendo por factores externos a mí? ¿O podría ser porque, tras cerrar varios proyectos de vida el semestre pasado, me sentía a la deriva y sin algo para sostenerme?

Tras llegar a la universidad, noté cómo todos mis pensamientos aterrizaron y se condensaron en una sola frase: Temo que, después de casi 4 años, la incertidumbre y ansiedad me rompan; sin embargo, luego de decirla en voz alta, una sensación de bienestar me invadió en vez del miedo que creí tener.

Encontré la fuente de mi tranquilidad e inspiración en cuanto a que, independiente de mis emociones y sentimientos, está en mí hacer algo bueno de ellas, transformarlas en algo útil para mí y aquellos que me rodean, en amistad, compasión y amor.

En medio de ese estado de euforia, iluminación y reflexión, llegué al salón y, al poco tiempo, comenzó la primera clase del nuevo semestre: Investigación social. El profesor se veía bastante joven a mi parecer, mas había algo en su actitud y postura que denotaba preparación y seguridad en sí mismo.

Se presentó ante nosotros con calma, energía y entusiasmo. Nos habló un poco de su vida profesional, además de que este era su vigésimo año ejerciendo como docente. Su experiencia en el campo se notaba no solo por sus palabras, sino también por cómo se expresaba, transmitiendo confianza y positividad.

Una vez finalizó el abrebocas de la clase, expresó su deseo de conocernos y nos invitó a presentarnos. Yo ya estaba mentalizado para decir lo mismo de siempre: Soy Pablo Castro, estudiante de negocios internacionales y comunicación audiovisual, etcétera, etcétera, etcétera. Sin embargo, entregó una instrucción bastante particular. “Quiero que tomen una hoja de papel y dibujen un objeto representativo de ustedes”.

Por segunda vez en el día me sentí desarmado e indefenso. ¿Cómo así que un objeto? No venía preparado para algo tan exigente o específico. Me apresuré y busqué en mis bolsillos algo significativo para mí. Fue entonces cuando palpé mi amuleto, el cual, aunque parezca una simple ficha de póker con unas letras talladas a primera vista, tiene un gran peso emocional en mi vida.

Más allá de su historia de origen, su importancia radica en ser un ancla capaz de calmarme en momentos de ansiedad o depresión. Las letras talladas, T-H-T-S, son un recordatorio de que está en mis manos definir qué hago con mi vida en el corto, mediano y largo plazo. Sólo yo puedo decidir cuánto le dejo a las cosas, situaciones y personas significar en mí. La única persona responsable en forjar el camino a recorrer soy yo. T-H-T-S. “Tú haces tu suerte”.

Procedí a trabajar. Aunque mis trazos no hayan sido los mejores, quedó muy parecido al objeto en mente. Justo después de delinear un par de detalles más, el profesor recogió todos los dibujos. Una vez en sus manos, creí que iba a mostrar uno por uno y pedirnos explicarlos; mas, para mi sorpresa, nos comentó una instrucción un tanto peculiar. “Les entregaré un dibujo al azar de algún compañero y, a partir del dibujo, infieran qué caracteriza o identifica a esa persona”.

Tras repartir los dibujos, todos nos colocamos en la tarea de analizar los trazos de nuestros compañeros. Mientras analizaba el dibujo asignado, el cual parecía una surreal guitarra acústica, no podía evitar pensar en qué estaba viendo aquel que tuviera el mío en sus manos. “Si no descubre traumas míos, todo bien” pensé yo.

Observé el dibujo con calma. Quería desmenuzar el misterio sobre por qué fue dibujado y qué decía sobre el autor. De esta manera, podría comprender cómo a partir de unas simples formas se podían conocer las características superficiales y profundas de cualquier ser.

Al analizar el dibujo, me fui por dos direcciones. En primer lugar, el nivel de detalles demostraba cuánto conocía la persona al instrumento, lo cual me permitió inferir que tal vez era igual preciso con sus actos y objetivos personales. En segundo lugar, me enfoqué en detallar qué significaba la música para el autor y cómo la vivía. “Tal vez de ahí surge una conexión emocional, personal o espiritual con el instrumento” pensé.

Concluí mi análisis, tratando de ser lo más puntual posible, mientras el profesor recogía nuevamente los dibujos. “Ahora les mostraré cada dibujo y leeré cada análisis. Luego, les preguntaré quién es el autor de cada pieza para que se presente y nos comente un poco de su vida, además de aclararnos si las características descritas son afines o no”.

El profesor nos enseñó cada dibujo mientras leía su respectivo análisis, pero también hizo algo que me dejó boquiabierto. Él, a partir del trazo y la caligrafía, detectaba, con más profundidad y exactitud, características, actitudes, detalles, gustos y preferencias de las personas.

Mientras analizaba cada obra, nos contaba historias de todo tipo. Nos contó el origen de esta actividad, la cual él también la realizó cuando casi entra a la fuerza aérea, y también la historia de un profesor de la Universidad Javeriana, el cual renunció porque sus alumnos no sabían escribir bien. Historias eran lo que él tenía por contar, ya fuesen de su vida o de los dibujos en sus manos.

Al terminar la actividad, el profesor procedió a explicarnos su metodología de enseñanza, inspirada en las teorías de Edgar Dale y Benjamín Bloom, así como el sistema de calificaciones y demás detalles técnicos de la clase, lo cual hizo que saliéramos un poco temprano. La pregunta por responder sería ¿Qué me quedó de las diversas reflexiones mañaneras y la primera clase de investigación social en este inicio de semestre?

Tal vez la respuesta está en hacer algo bueno y útil con lo que tenemos y somos, reflejando, justo como un trazo en una hoja, nuestras virtudes y autenticidad con la esperanza de ser vistos e interpretados por los bosquejos de otros.

La cuestión radica en cómo hago los trazos de mi camino, cómo dibujo mis expectativas y cómo las trasmito al mundo mientras busco comprender el significado de los demás. Tal vez así seamos capaces de compartir nuestra identidad, amor y dolor, a punta de trazos, líneas inexactas y colores diversos. Es por medio de nuestros dibujos significativos que comprendemos quiénes somos, quiénes podemos ser y a dónde queremos llegar.

El punto central de nuestra existencia podría llegar a ser cómo le damos trazos al mundo, cómo nos expresamos y cómo vemos, además de significar, las expresiones de los demás a fin de aclarar nuestros propios panoramas y los de aquellos que nos rodean.

Sí. Tal vez de esto se trate vivir.

Tal vez.

 


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