Semana II - 1 de agosto de 2022
Los Cuatro Fantásticos
Por
Pablo Castro
«La comunicación humana es la clave del éxito personal y
profesional» (Paul J. Meyer)
A diferencia de la semana pasada, cuando abrí los ojos a las cuatro y diez de la mañana una energía vibrante recorrió todo mi cuerpo. De forma sorprendente, no sentía cansado, existencial, agotado o somnoliento, sino… vivo. “Hoy elijo vivir” me dije en voz alta mientras me levantaba de la cama y procedía con mi rutina cotidiana, la cual no fue tan agotadora como en otras ocasiones.
Solo pensaba en una frase de Monsters Inc.: “Charlie, vengo
inspirado”. Tras alistarme, salí hacia
la universidad y llegué unos 15 minutos más temprano debido a la ausencia milagrosa
de los trancones mañaneros. Tenía pinta de que iba a ser un día no bueno ni
malo, sino próspero.
Entré al salón, saludé al profesor y a un par de compadres míos, los cuales
venían con ansias de hablar sobre todos los futuros proyectos audiovisuales
anunciados en la Comic-Con durante el fin de semana anterior. Al poco tiempo, el
profesor inició la clase, comenzando con la lectura de las bitácoras que
debíamos entregar ese día.
El ejercicio de las bitácoras consistía en registrar lo sucedido en cada clase y elevar nuestras capacidades de escritura inferencial, intertextual, analítica, crítica y propositiva, pero, desde mi perspectiva, se parecía más a la redacción de una experiencia personal, la cual debía de ser observada, detallada, desmenuzada y fragmentada según el ojo crítico de su autor. De esta manera, se realizaría no solo un ejercicio de escritura a distintos niveles, sino una introspección al cómo vivimos la clase, qué efectos tiene en mí y yo cómo impacto en ella.
Es más, a la fecha en que redacto esta bitácora me siento como James Kirk,
capitán de la USS Enterprise, relatando lo ocurrido en el viaje al
territorio inexplorado de la clase de “Investigación social”.
Retomando los sucesos ocurridos, el profesor leyó tres bitácoras ampliamente
distintas entre sí respecto al estilo, redacción, ortografía, tono y
profundidad. Fue bastante curioso cómo cada una nos abrió la mente a todos los
presentes en el salón, permitiéndonos ingresar en la psique y el punto de vista
de los autores, conociendo así un poco más de sus vidas en el día a día.
Aprendimos que un compañero debe luchar con la incertidumbre sobre si la
flota pasará o no a tiempo y cómo una compañera debe de madrugar antes
de las cuatro y media de la mañana para emprender una travesía en Transmilenio y
flota con el fin de llegar a la universidad. Por otro lado, un punto en común de los
tres relatos era la actividad del dibujo para presentarnos y conocernos entre
nosotros.
Me llamó la atención cómo los autores expresaron su inseguridad respecto a
qué dibujar, y no los culpo porque yo también quedé atentamente perdido en la
profundidad superficial de esa dinámica. Sin embargo, independiente de la confusión
sentida, los tres, al igual que el resto del salón en su momento, quedaron
fascinados con el resultado final de la actividad, especialmente con cómo el
profesor extraía información de los trazos realizados.
Mientras el profesor presentaba cada bitácora, procuré aplicar lo aprendido
en la clase pasada y analizar cómo los aspectos técnicos de las relatorías me
podían dar información sobre sus autores. Por ejemplo, a partir de la
redacción, cohesión, ortografía y lenguaje de la primera bitácora, inferí que su
autor debía ser una persona directa, concreta y centrada más en el qué decir en
vez del cómo.
Por otro lado, partiendo de los detalles específicos de la tercera bitácora
como la organización de los párrafos, el uso de letra cursiva y citas sobre
pensamientos o reflexiones propias, formulé la siguiente deducción: la autora tiene
una conexión más personal y profunda no solo con los eventos ocurridos, sino
consigo misma. La redacción, el estilo y cohesión de las frases me dio a
entender que no era una persona con afán de escribir porque sí, sino de, por y
para ella misma.
No sé con qué tipos de bitácoras me encontraré en el futuro, pero me alegra de haberles hallado un sentido o propósito al adentrarnos en los mundos particulares de cada ser por medio de su lenguaje, estilo y tono, dándonos la oportunidad de interpretar sus mensajes y dejarlos impactar en nuestras vidas porque, parafraseando a Jesús Fernández Santos, al escribir proyectamos un mundo a nuestra medida.
Una vez terminada la lectura de las bitácoras, el profesor tocó un tema enriquecedor
a mi parecer, siendo este la cultura del registro. No solo nos preguntó si
conocíamos tal término, sino también nos invitó a inferir sobre qué era. Tras
un par de intervenciones de la clase, se definieron los siguientes tres
aspectos clave de esta:
- En
todo proyecto debe estar presente.
- Se
debe fomentar.
- Busca
que quede una evidencia de lo acontecido.
Sin embargo, para mí no era suficiente explicar tal concepto delimitándolo a tres frases. “Debe haber algo más profundo” pensé. Busqué en internet algún
artículo o documento que me diese alguna pista, definición o perspectiva
distinta de la cultura del registro, y fue cuando encontré el artículo “Cultura
de registro” de Jorge Luis Marzo, profesor del Centro Universitario de Diseño
BAU de Barcelona y miembro del Grupo de Investigación GREDITS.
En su artículo, menciona cómo la cultura del registro está ligada a la idea
de la desaparición y muerte porque el acto de registrar “tiene como fin último
captar la tendencia huidiza del mismo, la fragilidad absoluta en la que se
fundamenta, su carácter caduco”. ¿Por qué habríamos de preocuparnos de
registrar lo sucedido en nuestras vidas? ¿De dónde surge esa necesidad? ¿Por
qué el afán de dejar huella?
Al juntar el concepto de Luis sobre la cultura del registro y la tercera
idea concebida en la clase surge la siguiente afirmación: debemos dejar
evidencia de los acontecimientos no solo para no olvidarlos, sino para no olvidarnos
ni ser olvidados. El poder crear recuerdos cargados de sentimientos es una de
las tantas virtudes capaces de proveerle valor al ser humano, lo cual genera un
miedo profundo en este: desaparecer de la memoria de sus conocidos y seres
amados. Si registramos en cualquier medio, existe la posibilidad de que una pequeña
parte de nosotros perdure por el mismo periodo de duración de este al tener
impreso en sí un trozo de nuestra esencia.
En otras palabras, debemos registrar para no olvidar lo vivido, a quiénes
lo vivieron y, de ser posible, por qué lo vivieron. De esta manera, estaríamos
creando un “registro definido de hábitos sociales, de consumo, políticos, etc.,
que forman un archivo gigantesco de experiencias humanas”, preservando nuestra
memoria de, por y para nosotros, no sólo desde una perspectiva informativa o
meramente estadística, sino desde una sensible, humana, auténtica y real.
Después de concebir las tres ideas clave sobre la cultura del registro, el profesor expuso la siguiente frase de Francis Bacon: “La lectura hace al hombre completo; la conversación lo hace ágil, el escribir lo hace preciso”. En lo personal, nunca había visto una frase que contemplara estas tres disciplinas juntas, resaltando cómo se complementan entre sí y le otorgan al hombre la virtud de la multidisciplinariedad, la cual, desde mi perspectiva, le permite acceder a un sinfín de posibilidades y oportunidades a nivel profesional y personal.
No me gustaría dar mis propias reflexiones sobre la frase sin antes
mencionar los análisis realizados en clase respecto a esta. En primer lugar, el
escribir le exige al hombre ser muy específico, cuidadoso y ordenado para
transmitir sus ideas, mensajes e imágenes mentales a los lectores, además de
tener la capacidad de observar ideas y redactarlas de forma clara y detallada.
En segundo lugar, la conversación dota de agilidad porque, al ser instantánea
e implicar retroalimentación inmediata de la otra parte, le exige al hombre hacerse
entender según la intención y contenido del mensaje. Este análisis me recordó a
tres elementos claves en el cómo nos expresamos según Mario Arvizu, actor mexicano
de doblaje y locutor, siendo estos el lenguaje corporal, el cual se refiere a
cómo la postura y los movimientos del cuerpo son capaces de apoyar o
contradecir lo hablado; la kinésica, la cual se refiere al significado cargado
en nuestro lenguaje corporal; y la paralingüística, la cual contempla cómo el
tono, las pausas, el volumen y el timbre le dan forma a los mensajes que
comunicamos al hablar.
En tercer lugar, la lectura completa al hombre al darle información, conocida o desconocida, siempre desde una nueva perspectiva. Citando a Andy
Warhol: “La percepción precede a la realidad”. Me atrevería a afirmar que, si
queremos consolidar el mapa de lo que entendemos por realidad, debemos comprender,
interpretar y yuxtaponer las realidades no solo de aquellos con el don de la
escritura, sino incluso de las personas más allegadas a nosotros leyéndolos y
no necesariamente a partir de un texto de su autoría.
Me gusta cómo la frase no se limita solo a la lectura de libros, sino al verbo
leer, el cual, según la RAE, consiste en comprender el sentido de cualquier
tipo de representación gráfica, interpretar un texto de terminado modo o
descifrar un código de signos supersticiosos para adivinar algo oculto. De esta
manera, es viable afirmar que siempre estamos leyendo, mas solo cuando somos conscientes
de este acto nos volvemos capaces de recibir, comprender y almacenar
información, completando nuestra perspectiva sobre las personas, realidades y
contextos a nuestro alrededor.
Tras el análisis de la frase de Bacon, el profesor mencionó un tema que desde mi primer semestre de comunicación audiovisual no escuchaba: Netiqueta. Según el gobierno de Canarias, la netiqueta es el conjunto de normas de comportamiento adaptadas cuando usan las redes sociales sin nadie que las imponga. Se basan en el respeto a los demás y su propósito es permitirles a los distintos usuarios disfrutar de los beneficios ofrecidos por las redes sociales evitando cualquier tipo de conflicto.
Aunque el profesor no nos haya dado una definición específica o profunda
del concepto, él reconoció que no era necesario porque, de una u otra forma, la
noción del comportamiento adecuado en las redes sociales y medios digitales ya era
algo intrínseco entre nosotros. Para probar su punto, nos preguntó cuáles
comportamientos eran considerados aceptables y cuáles no.
Entre los ejemplos dados por los estudiantes, uno quedó sonando en mi
cabeza: escribir con mayúsculas se podía interpretar como gritos, lo cual
resulta incomodando al receptor de cualquier mensaje. Revisando más a
profundidad, descubrí cómo la RAE también considera que el uso de las mayúsculas
“no es adecuado, ya que, especialmente en las comunicaciones electrónicas, la
escritura enteramente en mayúsculas equivale a gritar”. Sin embargo, me
encuentro parcialmente de acuerdo con esta afirmación.
Comprendo el porqué de la afirmación de la RAE, mas no cambia el hecho de que
cuando me escriben en mayúsculas y yo contesto de la misma manera hay ocasiones
donde sí siento la intención de gritar, pero en otras no; es más, siento una
energía de entusiasmo, dicha, emoción y diversión. ¿Por qué pasa esto? Tras echarle
cabeza al asunto, descubrí la causa de esta confusión en un elemento clave y básico
de la comunicación: el contexto.
“Sólo en la medida en que hablante y oyente compartan el contexto como
contenidos cognoscitivo y experiencial, serán capaces de descifrar las marcas
(o claves) presentes en los recursos lingüísticos utilizados y estarán en
capacidad de comprender los mensajes” comenta Lucía Tobón de Castro en su
artículo “Importancia del contexto en la comunicación lingüística”. El cómo
me comunico con mis padres o profesores no es el mismo cómo con que me
refiero a amigos o conocidos. Para algunos mis mayúsculas connotan gritos y
para otros, alegría o una buena broma.
La netiqueta, al ser una forma de etiqueta, no fue construida por un solo
individuo, sino por y entre la misma sociedad según generalidades y connotaciones
comunes en los contextos digitales a nivel global. Aunque la netiqueta aconseje
el uso de prácticas específicas para el desarrollo de mejores interacciones en
el mundo digital, desde mi perspectiva, es vital aclarar que el éxito de la aplicación
de estas depende de la lectura del contexto y la ética del receptor y emisor. De
esta manera, se seguirían contemplando un conjunto de normas internacionalmente
conocidas, pero con la flexibilidad y capacidad de adaptarse a contextos
locales e intrapersonales.
El hablar de la netiqueta le dio pie al profesor para aclarar un aspecto clave sobre el ejercicio de las bitácoras. A partir de la siguiente semana debíamos publicar nuestras bitácoras en un Blogger y compartirlo no solo a la clase, sino a todo el mundo (literalmente) por medio de Twitter. En ese momento, sentí el verdadero terror.
El propósito o la razón de ser de mi Twitter había pasado por diversas
etapas como un intento de noticiero geek, un intento de comediante
digital, un medio de desahogo personal y una expresión de autorrealización,
siendo esta última la etapa por la cual cursa actualmente. No por nada tenía mi
cuenta privada. Para hacer parte de la dinámica de la clase debía volver mi
cuenta pública y no estaba seguro de poder hacerlo. ¿Qué pasaría si la gente
tuviese acceso a un perfil absurdamente profundo y revelador de mí mismo?
¿Estaba preparado para exponerme de tal manera? Hasta donde sé, no tengo una gran
cantidad de oscuros y reveladores secretos ¿Pero qué tal que alguien si
encontrase algo entre mis líneas?
En medio de la indecisión sobre qué hacer respecto a mi cuenta, el profesor
contó un par de historias sobre cómo despidieron a unos exalumnos por el contenido de sus perfiles, además de resaltar que, a
partir de ahora, debíamos ser más cuidadosos con nuestros contenidos porque
estos reflejan parte de nuestra esencia a todos los usuarios, lo cual puede resultar
en perder oportunidades laborales en el corto, mediano y largo plazo.
Ese acote del profesor detonó en mí varias preguntas ¿Qué clase de
contenido sí se debería subir? ¿Guiarse por el perfil de alguien sin tomarse el
tiempo de conocerlo no sería superficial o prejuicioso? ¿Por qué las empresas deberían
dar por sentado la personalidad o valores de una persona a partir de su imagen
mediática? ¿O por qué no deberían? ¿Acaso sí debíamos de ser más responsables en
nuestras publicaciones y limitar los contenidos según lo entendido como bueno y
malo? ¿Pero eso no estaría en contra de la libertad de expresión y el principio
de libertad de Jean-Paul Sartre, el cual comenta que la libertad de cada uno "se
termina dónde empieza la de los demás"?
Aunque comprendo el porqué del comentario del profesor, si se trata de usar
las redes sociales como un portal de desahogo y liberación de emociones no creo
en deber limitar o restringir nuestro contenido digital ni torturarnos por el qué
publicar, sino darnos un respiro y, con la cabeza fría, pensar cuál es el
propósito de mi post y qué espero que pase una vez lo publique. “Cuando
contamos algo sobre nuestra vida en redes sociales todos albergamos expectativas
conscientes o inconscientes sobre lo que ocurrirá a continuación” comenta Jara
Pérez, periodista de Vice. “Buscamos hacer reír, sobrecoger, buscamos
que nos apoyen, que nos entiendan, etc. Estamos generando un espacio de
conversación”.
Bien es cierto que
en las redes sociales predomina la necesidad de mostrar una faceta de la realidad
para ocultar nuestras verdaderas dolencias. “Un área de manipulación
especialmente sensible es la autoestima” comenta Santiago Bilinkis, emprendedor
y tecnólogo. “El creciente uso de fotos y videos como lenguaje principal en las
redes, le da una importancia absurda, desproporcionada, al aspecto estético y
el aspecto físico por sobre todas las demás dimensiones de nuestra persona frente
a los ojos de los demás y, por lo tanto, de nosotros mismos”.
Sin embargo, no debemos restringir nuestra actividad social por una creciente tendencia, la cual es el producto del constructo social de la “buena vida”, sino evaluarla y moldearla según nuestros objetivos en el corto, mediano y largo plazo. “La decisión de a quién seguimos y qué mostramos es clave para romper los efectos de este espejo distorsionado” acota Bilinkis, ya que, al final, está en nuestras manos poner las redes sociales “al servicio de la vida que queremos vivir, no de la vida que otros necesitan que vivamos”.
Incluso el mismo acto de expresarse puede traer consigo un respiro, la
sensación de finalmente desahogarse en un espacio seguro, permitiéndole al
usuario calmarse y recapacitar sobre lo posteado, dejando en sus manos si
decide mantenerlo público o no. Restringir y delimitar qué contenido personal se
debe o no subir solo resulta en agobio. “Los universos virtuales no
son cucharadas predeterminadas que debamos comernos sin rechistar. Es
primordial revisar los espacios que vamos generando” comenta Jara. Más bien, debemos
invitar a la sociedad a cuestionarse no qué tipo de contenido publican, sino
por qué lo hacen, cuál es el propósito y cómo impacta en sus vidas el acto de publicar
información superficial o intrapersonal.
Una vez finalizada la explicación sobre cómo publicaríamos las bitácoras, el profesor comentó que nosotros, como estudiantes de comunicación, debíamos ser capaces de abarcar cuatro niveles de escritura en la redacción de las bitácoras, no solo para hacernos entender, sino para ser críticos, analíticos y propositivos con la información recibida y conectada entre sí, consolidando textos profundos, auténticos y útiles para nosotros mismos y cualquier lector.
El primer nivel era el literal, en el cual debíamos describir los sucesos
de forma explícita, directa, clara y superficial. En el segundo nivel, el
inferencial, debíamos encontrar información implícita de los acontecimientos,
deducir y suponer con base en los hechos expuestos en el nivel anterior. Para
el nivel tres, el intertextual, nuestro objetivo debía ser hallar los puntos de
conexión entre las fuentes y asociar ideas similares o contrapuestas de estas,
fomentando el desarrollo de una semiosis ilimitada, la cual consiste en una
cadena infinita de asociaciones entre signos. En el cuarto y último nivel, analítico-critico-propositivo,
debíamos ir más allá y conseguir más puntos de vista, variables y alternativas,
además de contradecir a las fuentes con argumentos solidos y proponer nuevas
perspectivas o ideas sobre los conceptos y temas a analizar.
Mientras el profesor continuaba explicándolos, solo podía pensar en por qué
no los había visto o conocido antes. Me parecieron una herramienta vital para la
elaboración de cualquier tipo de texto al ser capaces de integrar lo objetivo,
lo subjetivo, lo relacionado, lo contrario, lo crítico, lo analítico y lo
propositivo de forma orgánica y efectiva. Si en la universidad enseñasen estos
niveles a todas las facultades, o por lo menos a la EICEA, creo que habría una
mejora impresionante en los procesos de pensamiento crítico-constructivo, en la
producción de escritos y en la formulación de soluciones y estrategias por
parte de los estudiantes.
Intenté buscar sobre los cuatro niveles en Google, mas la única información
sobre estos se limitó a una diapositiva de una presentación del ministerio de
educación en una página poco relacionada con este. El resto de los resultados en Google
y Microsoft Edge hacían referencia a los niveles de lectoescritura en la
primaria y su consolidación en la secundaria.
Los resultados de esta búsqueda fueron bastante decepcionantes, no solo porque no encontrase información sobre los niveles, sino porque todos los resultados superficiales demostraban que, en nuestra sociedad, existe la creencia de que los hábitos de lectoescritura se limitan a las enseñanzas en los grados iniciales de la primaria cuando en realidad están en constante cambio y evolución.
Sin embargo, creo que una posible herramienta sustituta de los cuatro
niveles para mejorar el nivel de lectoescritura es el acto de apropiarse de la
frase de Francis Bacon, la cual, al contemplar un
enfoque multidisciplinario, le permite a cualquier individuo integrar distintas
virtudes y habilidades en los campos de escritura, lectura y habla; al mismo tiempo,
la simbiosis entre las tres disciplinas le puede dar distintos pisos de
profundidad a los contenidos comunicados en los distintos medios. De esta
manera, según mi punto de vista, el individuo aprendería y aplicaría de forma implícita
y empírica los cuatro niveles, sin la necesidad de conocerlos directamente, en
la producción de mensajes, textos, conversaciones y lecturas.
Para ejemplificar cómo se aplicaban estos niveles a cualquier tipo de material, el profesor colocó un video sobre cómo discutir sin dar pena ajena, el cual tomaba como base una entrevista entre Jordan Peterson y Cathy Newman. A lo largo de este, el narrador daba concejos como ser cuidadoso con el tono, ser precavido con el uso de las palabras, sacar asunciones a la luz para desmentirlas, evitar abrumarse por la velocidad de las preguntas, aclarar las palabras de uno cuando son tergiversadas, no destruir la idea de alguien más, asegurarse de ser entendido, acordar los puntos en común de ambas partes y demostrar cuando se otorga la razón de forma implícita.
Una vez terminó el video, el profesor procedió a analizar con nosotros el contenido de este según los cuatro niveles vistos, ilustrándonos cómo los
niveles literal e inferencial se conectaban entre sí y nos daban la base para
realizar conexiones en el nivel intertextual, el cual, al desenvolverse,
concluía en el nivel ACP.
Lo más interesante en este último análisis fue
a ver cómo los cuatro niveles se adaptaban a nuestras perspectivas. El profesor
pedía ejemplos de cada nivel a distintos estudiantes y ninguna idea se repitió.
Comprendí cómo estos no solo eran un marco para la producción de textos, sino
también un modelo de lectura activa con el fin de extraer información explícita
e implícita para el desarrollo de ideas o conclusiones propias.
Mientras el video le recordó a una compañera una
entrevista de María Fernanda Cabal, a mí me recordó las técnicas de negociación
de Chris Voss, las cuales aprendí hace dos semestres. Cada conexión era particular
y acorde a nuestros contextos y vivencias, permitiéndonos ver cómo nuestros análisis
y las críticas eran personalizadas y auténticas.
Después de ver cómo ayudan a la comprensión lectora
y a la virtud de la escritura, la mejor manera de resaltar el potencial de los
cuatros niveles es por medio de una analogía con los Cuatro Fantásticos, la
primera familia de Marvel. En este equipo, cada miembro tiene una razón de ser
y una forma particular de ver el mundo, y cuando se integran se vuelven más
fuertes, hábiles y precisos para derrotar amenazas. Puede que los cuatro
niveles de escritura no detengan supervillanos, pero sí nos salvan de la
ignorancia y la realización de textos superficiales y prejuiciosos, por más
cursi que suene.
Para cerrar la clase, el profesor realizó una
ronda de preguntas pidiéndole a cada estudiante que mencionara un aprendizaje
nuevo en su vida. Una vez terminada la dinámica, nos motivó a aplicar todo lo
aprendido en la siguiente bitácora.
Sé que es imposible adoptar el modelo de los
cuatro niveles de la noche a la mañana. Requerirá tiempo, práctica, esfuerzo,
disciplina y dedicación. Sin embargo, en vez de desanimarme, esto me llena de esperanza y gratitud. Es increíble darse cuenta cómo se puede seguir creciendo y
fortaleciendo las habilidades comunicativas porque, citando a Anthony Robbins, reconocido
escritor estadounidense, “la forma en que nos comunicamos con otros y con
nosotros mismos, determina la calidad de nuestras vidas”.
Esto ha sido todo por hoy. Fin de la
transmisión.
See you space cowboy…
Referencias
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http://biblioteca.clacso.edu.ar/gsdl/cgi-bin/library.cgi?c=co/co-014&a=d&d=HASH4e78991b148db9b2b34d31.2
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